Breve comentario sobre «Cerrar los ojos» (Victor Erice, 2023)

El fantasma de sus obras pasadas recorre la película horizontalmente mientras que desde la elegíaca e imposible historia raíz empiezan a brotar nuevas posibilidades.


Despierto la voz de Gena Rowlands mencionando la siguiente frase al final de “Otra Mujer” (Woody Allen, 1988):

“Cerré el libro y sentí una extraña mezcla de nostalgia y esperanza y me pregunté si un recuerdo es algo que tienes o algo que has perdido”


El 22 de Mayo una fila de individuos esperábamos para entrar al Théâtre Claude Debussy para ver “Cerrar los Ojos”. Algunos jóvenes recién fascinados por la mitología del realizador, otros experimentados casi coetáneos a su trayectoria, y supongo que algún afortunado desconocedor de su filmografía pasada. Conocedores del contexto de esta película, me atrevo a aventurar que muchos de los que subimos aquellas escaleras aguardábamos encontrar un milagro dentro de la sala. Me refiero a un milagro cinematográfico, algo que mi torpeza como redactor me impide delimitar en palabras, pero ustedes saben a qué me refiero, aquellos momentos selectos que trascienden la pantalla, milagros en el cine, que como dice el personaje de Mario Pardo: “No existen desde que Dreyer murió”.


La película comienza en un término hierático. Erice plantea una manera de rodar casi primitiva respecto a la disección de sus escenas, no existe ninguna ínfula efectista, puro plano contraplano, cargado de palabras con cierta impuesta teatral que guían al espectador en una suerte de cluedo, que en ocasiones se desenreda del propio misterio troncal para
derivar momentáneamente en inquietudes del propio director, sobre el cine, sobre la filmación en película y en digital, sobre la memoria, sobre la naturaleza de las historias…

Es inevitable comentar que la película contiene una fuerte carga intertextual que se infiltra entre sus grietas. Podríamos hablar de un efecto proustiano: A veces la luz ámbar huele al “Espíritu de la Colmena” o las escenas marítimas reminiscen a lo que pudo ser de “El Sur”, incluso plantea una relación intertextual con películas que no llegó a rodar, como fue “El embrujo de Shangai”. El fantasma de sus obras pasadas recorre la película horizontalmente mientras que desde la elegíaca e imposible historia raíz empiezan a brotar nuevas posibilidades. De manera inesperada, Victor Erice decide servir su magdalena recién hecha mojada en té en forma de secuencia que evoca a Río Bravo, de Howard Hawks, y de repente el cine brota… Posiblemente el momento más emocionante que he vivido en una sala de proyecciones.


De la primera mitad sobria y rígida quedan ruinas cuando la segunda parte de la película recoge la siembra con un estupendo desequilibrio que nos permite observar de manera manifiesta las cualidades funerarias de la cámara, “la muerte trabajando” como diría Cocteau, una recta final de la que poco puedo decir más que supone una de las mejores sucesiones de imágenes que uno puede sentarse a observar en la oscuridad de una sala.

Luis Soto Muñoz


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