20.000 especies de abejas (2023). El cine del diablo.

La película de Estibaliz Urresola ha sido seleccionada por la Berlinale para competir en la sección oficial.

Rodada con el criterio que recorre (al menos gran parte) de nuestro cine más reciente. Una supuesta captura de la vida a través de un dispositivo «realista» que se contradice a si mismo en cada plano. Pequeños fragmentos insulsos que confunden lo mundano y lo cotidiano, el arquetipo y el estereotipo. Escenas que creen entrar tarde y salir rápido para aprehender el instante, cuando verdaderamente dan la espalda a cualquier tipo de belleza por su mirada corrosiva y su puesta en escena banal; un puzzle de pocas piezas carentes de interés más allá de la representación de la problemática social. Poco más que un documento. 

Discursivamente pretende ser un cúmulo de respuestas, pero nunca plantea pregunta alguna. Todo esto sin tener en cuenta la pobre realización que no se preocupa lo más mínimo de dignificar el encuadre, relegado a la casualidad (donde la causalidad narrativa desaparece) en un caos no pretendido. Captura aleatoria en el marco de una escenificación barata, falta de contenido, sutileza y verdad. 

Cuando se refieren a estas películas como naturalistas están rechazado toda una tradición que pretendía escudriñar la realidad para encontrar su negativo. La dualidad del mundo. En la película no hay modulación alguna de la realidad como tampoco hay captura de la misma. Entre sus imágenes solo puedo ver la falta total de un artefacto cinematográfico.

Me resulta escalofriante ver que este tipo de cine tiene cabida en los festivales y es promovido por las instituciones culturales.

Pedro Fuertes


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