La consagración de la primavera.

Hacia la mitad de la película, ya no queda mucho que decir. En ese punto, una adolescente recién llegada a Madrid se ha convertido, por curiosidad y voluntad propia, en la asistente sexual de una persona con discapacidad. Ha experimentado por primera vez sin perder aparentemente el rumbo. ¿Qué sucede a partir de este momento? Pues lo dicho, nada, no porque las cuestiones no den para un desarrollo prolongado que guíe a Laura hacia algún punto nuevo de su vida. Más bien, todo lo experimentado queda como un capítulo de completa irrelevancia que recordará con cariño y sorna el resto de sus días, pensando en cómo era cuando tenía dieciocho años; lo inocente, lo inteligente, lo arriesgada a la vez, ese tipo de cosas que tanto gustan al cine español más reciente. Sustentados por experiencias que tardan tiempo en tomar forma y que las películas no se molestan en moldear, y ni mucho menos, en proponer ningún tipo de pregunta al respecto. Al salir de la sala, todo es parecido a cuando empezó, casi resulta triste ver una multitud de existencias irrelevantes, sin experiencias transformadoras, que abrumen, que lleven al éxtasis o a la indiferencia. Aún así, todo conduce a la indiferencia a pesar de que la película no lo sugiera así.

Más allá de su casi inexistente escritura (como mucho podríamos decir que juntaron palabras en un papel), la película supone una nueva ficha de dominó a la interminable cadena de obras mal rodadas, sin estilo, sin intervención, sin mirada, sin pasar por la experiencia del montaje, sin nada más allá que una burda realidad, que además, resulta impostada y falsa. ¿En qué momento llegó a las salas el cine mal rodado? Que no se preocupa de la fuerza de sus imágenes, torturando al actor con la indiferencia de la escritura. Se limita a provocar éxtasis en el espectador por su acercamiento a los personajes de una forma perogrullesca; colocando la cámara a veinte centímetros del rostro de un actor transformado en acelga. 

Pedro Fuertes


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