Argentina 1985

Basada en los juicios acaecidos en Argentina tras la dictadura de Perón, Argentina 1985, narra la historia del fiscal que combatió al antiguo poder militar y a sus crímenes. La obra arranca con la noticia de que Videla y sus camaradas van a ser llevados a juicio, el único fiscal disponible es Julio Strassera y por tanto, será el encargado de hacer justicia, algo en lo que la película se recrea constantemente, el deber del fiscal nada tiene que ver con actividades políticas, pues su labor máxima será acusar a aquellos que han injuriado al pueblo argentino con sus crímenes. 

Con este fulgurante inicio, se podría pensar que se avecina una dura batalla, sin embargo, el enemigo de Strassera (toda la institución militar y una buena parte del pueblo argentino) se minimiza sin motivo aparente, o más bien, ni se presenta a batallar. Se presenta un poderoso enemigo que apenas se defenderá, y a pesar de que las herramientas de Strassera para ganar el juicio tampoco sean las mejores, todos conocemos el desenlace. La estructura del guion es similar a la de obras como Z, Todos los hombres del presidente, Chacal y, en general, a la mayoría del thrillers políticos producidos a finales de los sesenta y durante la década de los setenta. Esta forma de articular un discurso, consiste en una multitud de escenas breves y contundentes y en una lluvia incrementada de situaciones y personajes, para finalmente terminar menguando hasta conducir a la resolución. De Argentina 1985, podríamos esperar una interminable cadena de espanto que acaba dejando un severo trauma en aquellos que lo han vivido, o al menos, un vivo recuerdo y la lenta toma de consciencia de que lo sucedido fue importante y en sus manos está como pasa a la historia. Desgraciadamente, la estructura de la película es más compleja que su uso del lenguaje y la solidez de su guion, para quedar como un thriller político más donde Ricardo Darín muestra que es uno de los mejores actores del siglo. 

La sutileza se pierde conforme avanza la película y como ha sucedido en la mayoría de metrajes del festival, hay una buena cantidad de minutos innecesarios. Es una buena película, pero no se consagra en su género por detenerse a contemplar a sus antecedentes, más que en centrarse en aquello que puede explotar. El enemigo no es invisible ni tampoco se hace patente. Hay una mágica impunidad que rodea a los personajes, provocada por la mirada de aquellos que escriben conociendo la historia, que incita a la fácil y rápida toma de consciencia por parte de los protagonistas, que parecen saber desde el principio que son los elegidos.

Pedro Fuertes


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