Escenas de cine (I)

Una señora, quizás la señora más apoteósica de la historia del cine,
entra en un bar con sus amigos. Un traje blanco con lunares oscuros y una
voluptuosidad sin límites se apropian de la pantalla. Hay una raqueta de ping
pong que tiene la pelota amarrada a la pala. El pin pong puede considerarse un
acto amoroso entre dos contrincantes, pero este juego con la pelotita amarrada
no deja de ser un ejercicio de onanismo. La chica coge la paleta y comienza a
dar golpes. Uno, la pelota se va, estira el elástico y vuelve. Dos, y lo mismo.
Tres, cuatro. Los parroquianos han visto la escena y, como esos alelados por el
jefe de una macabra tribu, empiezan a contar y a hacer sus apuestas: cinco,
seeiss, siete, ooocho. La cosa se desmadra porque la resistencia del ser humano
a la belleza aplicada, es decir, a lo erótico, lo sensual, lo sublime, es limitada,
y hay algunos que no se conforman con el placer de la mirada y necesitan tocar
para confirmar que lo sublime ha bajado a la tierra. Allí acaba la escena, pero
en mi mente no lo hace, en mi mente la cuenta adelante sigue y sigue, y cuando los
clientes llegan a números demasiado elevados la chica ha de golpear más
lentamente la pelotita para que el ritmo de la cuenta y el de los golpes
coincidan. Cuando la cantidad de golpes es muy alta el movimiento se va
haciendo lentísimo, hasta que la escena, en los albores del infinito, se
congela. De todas las imágenes que he visto en mi vida sobre los dioses y los
lugares sagrados, estas resultan las más apoteósicas, los fotogramas que
coronarían a la joven, una tal Marilyn Monroe, como la diosa suprema del
panteón cinematográfico y a la película, aquella llamada Vidas rebeldes, como
el santuario dedicado a la todopoderosa.

Aclamado Federico

 


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