La dualidad en El jardín de las delicias y El Mago de Oz

Del famoso tríptico de El Bosco se han convertido en icónicas sus coloridas e inquietantes figuras, donde cualquiera puede gozar del placer de descubrir nuevos detalles y trazar una historia lineal y episódica a través del recorrido que estas imágenes ofrecen. Habitualmente se incide en la estructura aristotélica de la obra a través de tres marcadas partes o actos (planteamiento, nudo y desenlace) como si de una historia se tratase. Una primera sección que muestra un nuevo mundo puro e idílico, una segunda donde la degeneración y el pecado disfrazadas de gozo y festividad ensucian ese mundo, y una tercera donde se ha llegado al colapso, acorralado por la oscuridad. Y nada más allá de parecer terrorífico en su fachada, deja un sabor de boca esperanzador al darse a entender que se va a limpiar con fuego ese mundo sucio y a sus corruptos habitantes, dando a entender que se da pie a un nuevo hábitat limpio con la esperanza de que no vuelva a caer bajo la influencia del mal.

Suele pasar desapercibido qué cerrando las dos tablas de los costados, se hace visible una esfera gris que su interior lo ocupa lo que parece ser un triste y desolado mundo o más bien, poblado que ansía desesperadamente el color y la vitalidad que sin saberlo alberga en su profundo interior sin conocer todavía las temibles consecuencias que esto desataría, provocando posteriormente el dulce recuerdo de ese austero paraje inicial. Con lo cual, se debería buscar su comprensión por su carácter dual (luz y oscuridad) y no tanto por sus tres marcados episodios, que constituiría únicamente el desglose de una de las dos partes.

Este recorrido a través de un mundo gris que parece se la tétrica versión de una de esas bolas de cristal con un diminuto poblado navideño en su interior y que si se agitan se produce una inquietante nevada de poliespán, y otra realidad dominada por el color que va mutando de inocente parque infantil a local de alterne que pide a gritos recibir una redada; está implantado en el imaginario de aquellos que han visto e interiorizado la película que se va a comentar a continuación. El mago de Oz es una película dirigida por Victor Fleming y estrenada en uno de los más sembrados años en la historia del cine, 1939. A estas alturas no parece necesario resumir el film, debido a que se ha hecho ya indirectamente través del breve análisis de El jardín de las delicias. De esta película nació la apropiación del arcoíris como emblema de las causas homosexuales, abrazando de esta forma las prácticas pecaminosas que acaban por generar en Dorothy la culpa, el miedo y la añoranza de su hogar, la gris e incorrupta Kansas En ese mundo cobijado bajo un distante arcoíris y habitado por criaturas fantásticas la protagonista de esta historia descubre la verdadera cara de la maldad. Donde la supuesta libertad para dar rienda suelta a los sentimientos más profundos convierte a todas las personas de su entorno en versiones abominables. Los personajes de este mundo fantástico, son representaciones de las personas que conoce en el mundo “real”, donde sus defectos, taras o carencias se convierten en su guía moral y principal distintivo, aniquilando el resto de aptitudes positivas que se pudieran hallar en ellos.

En ambas obras se muestra el camino hacia el mal a través del despertar y la estimulación de los impulsos primarios. En la película, se redime al personaje principal logrando finalmente su voluntad, volver a casa, gracias a no caer en las manos de un falso profeta, El Mago de Oz, siendo una representación fantástica del adivino que acaba siendo arrastrado por el tornado como si de un castigo divino se tratase. La corrupción del paraíso por culpa de la mano del hombre al traicionar a su creador es un tema latente de forma más explícita en la pintura, pero también en el film.

Martí Boronat Montaner


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