El instante (IV). Prospección.

    

En el cine más reciente que he podido ver, cada vez observo con más condescendencia una mayoría que prefiere el onanismo a la exploración. Si algo caracteriza al espectador moderno, es la absoluta sumisión hacia las plataformas, fagocitando con entusiasmo toda la cochambre que estás ofrecen a sus amaestradas criaturas. Un contenido cada día más desértico, deshabitado de cualquier centro intelectual y ya, ni que decir cabe, de eje espiritual o de la verdad que ha gobernado siempre a las grandes obras, utópico en estas producciones. Viendo éxitos anteriores de este nuevo paradigma de entretenimiento, salvando las películas de grandes directores que compran cuando ya han sido realizadas, el regusto final es siempre extraño. Se trata de un alimento que por buen sabor que deje, cuando se mira el plato con detenimiento tras la ingesta, descubrimos restos de ketchup, en su origen un condimento agridulce compuesto de hierbas, tomate, vinagre, azúcar, en definitiva, elementos dispares que han sido unificados y suministrados al espectador de la forma más abominable para facilitar su digestión y embadurnar cualquier alimento con este misma capa, ideal para la rápida asunción.

En el momento que el cine es secuestrado para dejar de ser un arte y convertirse en un bien de consumo, mostrando años de trabajo y sacrificios como si de cabezas de ganado se tratase, vence el espíritu del desenfreno. Para una plataforma, su único deseo es tener ganado que poner a la venta, sin atender al estado putrefacto de este. Si se trata de echarle la culpa a los espectadores, nunca me voy a posicionar en ese barco cuya tripulación son intelectuales modernos, seres abyectos que, en su conocimiento relativo de la verdad, toman las entrañas de la comunidad para chapotear en ellas y recrearse
en lo evidente.

Conocer la dimensión del problema es fundamental para delimitar las aristas en la prospección de lo auténtico. No asumamos que esta conducta del cine es exclusiva de las grandes plataformas, también las plataformas que se autodenominan independientes y que ofrecen un cine igualmente edulcorado bajo el dominio .cat, o los festivales de cine, donde se premia con entusiasmo el onanismo más vacuo.

Precisamente, la cualidad que ha caracterizado a todas las artes e hizo que el cine despegara
con una fuerza atronadora desde sus inicios fue la exploración, que no es una característica sino una necesidad indispensable. John Cassavetes, para referirse a sus películas afirmaba lo siguiente; «Nunca diré que lo que hago es entretenimiento. Esinvestigación, exploración.» La averiguación de lo desconocido representaba el centro de su trabajo. Exploración y búsqueda no son ni mucho menos comparable a la pecera en la que meten sus cabezas con gusto los artistas modernos con complejo de Van Gogh, solo ellos mismos entienden sus obras, concebidas a través de una gracia divina otorgada por un Dios al que descartaron hace mucho para adorar, como chamanes cubiertos de heridas, a estructuras de madera con forma de falo. Dentro de la pecera, los pequeños animales de colores que nadan frente a sus narizes se convertirán en el centro de sus películas, indistinguibles entre sí. Con esto no quiere referirme a la totalidad del cine contemporáneo, sino a las ya sabidas películas que cada año son aplaudidas con fervor y enarboladas como las grandes obras de un siglo terminal, aquellas que se dejan vencer por la mera sensorialidad sin prestar atención a la voz que debiera inducirla. No hay una senda visible a seguir más allá de la tradición que creo las grandes obras; ponerse de frente contra la creación y esperar que la misma voz misteriosa que ha susurrado al oído de todos los maestros se manifieste cuando el camino es hallado, tan solo la lucha encarnizada lo revelará.

Pedro Fuertes

 


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