David O. Selznick. Gigantes de hojalata

“No conseguirás conmover otros corazones si del corazón nada te sale.

Johann Wolfgang von Goethe

David O. Selznick, quizás el productor más importante de la época
dorada de Hollywood, representó la figura del productor total, que se
hacía con el control absoluto de cada parte de la película, su manera de
trabajar era de una obsesión absoluta, al igual que otros productores como Irving Thalberg o Darry F. Zanuck, pero su método era aún más inquisitivo. Para Zanuck los rodajes eran un trámite, se centraba en la selección de guiones o en la sala de montaje donde pasaba la mitad de su jornada laboral, alargada hasta la madrugada. Selznick en cambio se extendía a todas las facetas, a todos los oficios del cine, acreditado como guionista en varias películas y ejerciendo en la sombra el puesto de director en alguno de sus macroproyectos como
Lo que el viento se llevó y Duelo al sol, película de la cual se le considera autor.

 

Era un hombre que representaba la industria del cine, las productoras por las que pasó, y en general, el modelo clásico. Su forma de trabajar estaba definida por el concepto de fabricación de las películas, estrenando docenas al mes, perfectamente clasificadas por géneros y con un presupuesto base ajustado en función de la plantilla de actores, el infalible quién hace que y quién va a ver la película. Una serie de factores que determinaban la sostenibilidad del producto como si de una fábrica se tratara, precisamente este modelo perfectamente definido fue el que lo llevó a sus mayores éxitos, y no me refiero al aspecto comercial. “In a tradition of quality” rezaba la cartela inicial de Jennie anunciando la entrada en los créditos de The Selznick Studio porque esa fábrica de películas estaba más comprometida con el público, en su mayoría
no conocerían el nombre y ni siquiera el oficio de un director de cine, que gran parte de la caterva que pregona la inteligencia como arma en el cine, cuando pocas veces se ha visto manejada como en una película de Selznick. Se podrían citar docenas de directores, productores y guionistas como él. Pertenecientes a un cine que pensó en el público más que ningún otro, sin complacencia, sin tratarlos como estúpidos, el primero en implementar algunos recursos como la inclusión de música sobre diálogo, aún cuando el resto de productores (y directores) decían que el público se iba a desorientar. Siempre buscando conmover, que cada detalle sea único, una Ingrid Bergman sin maquillaje, una salvaje Jennifer Jones, creando «Dioses de hojalata» como diría  Gregory Peck. Siempre una visión única sobre un proyecto, todos los elementos de la película, todos los oficios, sitúan la mirada hacia el mismo objetivo. Con sutileza o desenfreno, pues errores también se cometieron pero siempre fruto de un compromiso con el arte, al menos como lo entendía Selznick, y que mejor prueba de su compromiso que Jennie, pues Duelo al Sol era un proyecto arriesgado por la inversión, una película que mezcla el western con el melodrama, con claves que se anticipan a Johnny Guitar, pero quizás un tanto fallida, al menos en la perfección que buscaba Selznick, por los problemas que arrastró, como la expulsión de King Vidor de la película y el hecho de que fuera completada por tres directores distintos, sin contar a Selznick, y que impidó mostrar su auténtica visión. Pero Jennie es la muestra, la confirmación de Selznick, como defensor de un módelo único, una visión artística irrepetible, consagrado como coautor de la película por el propio director William Dieterle. Selznick nunca quiso ser director o guionista, ni siquiera productor, al menos al uso, pretendía ser la mirada atenta tras cada uno de los procesos de una película, un regente en permanente interferencia, preservando el patrimonio que consideraba el más importante del cine: la realidad y la verdad.

 

Pedro Fuertes

 


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