El instante (II)

Los ciegos serán felices

Al inicio de Notorius, Ingrid Bergman recibe el siguiente consejo: «Necesitarás tus ojos y oídos». Ojos y oídos que deberá usar como herramientas de discreción máxima en una misión contra un grupo de nazis huidos a Brasil, que tomarán aún si cabe, y sin sospechar nada de partida, más precauciones que ella. Esta idea del uso de los sentidos para llegar a determinadas conclusiones, de la necesidad de observar, remite a los paseos de Galdós por Madrid, fijándose en las maneras de la gente. Buscando el envoltorio para sus historias ya encontradas.

 

Digamos que, con la trascendentalidad en la mano, con las ideas, Galdós quería encontrar un canal para que esta se pudiera extraer del día a día, de una historia corriente; «(…) la vida se nutre de la virtud y el pecado, de lo hermoso y de lo feo». Algo parecido comentaba en el artículo anterior, con esa idea de la mayéutica y las formas de Sócrates de encontrar la verdad a través de preguntas o conversaciones que hacen involucrarse al lector y que, de la misma forma, se reproducía en el cine de género del Hollywood clásico. Extraer la verdad a través de dos o tres preguntas al interlocutor, en este caso el espectador, con el que hay que ser sutil ante todo, al menos eso creo. Siempre se pueden poner en una pantalla veinte personas fumando durante una hora y cuarenta, como en Twenty Cigarettes -importante escribirlo en inglés- para que la pregunta nazca en el espectador y no en la película «¿Por qué no me he salido a los cinco minutos?». «¿Puedo pedir un reembolso?». «¿Dónde vivirán los familiares del director?». También se puede recurrir a otros motivos como los usados por Bill Viola: los cuatro elementos. Sus obras son supuestamente complicadas de leer y la metáfora se pierde entre personas de color ardiendo, juegos con un teleobjetivo en un desierto o piezas de la cotidianeidad en una casa, a cámara lenta, para expresar el hastío del día a día.

 

Seguramente Salvatore Garau sea el más visionario de todos nosotros con su escultura invisible, que solo existe en su cerebro. Directamente no se esconde, recurriendo a su distinción de los demás, apelando a esa verdad que solo se haya en su interior. Sin duda, este y otros perpetradores de la mundanidad más absoluta vendida a precio de oro fueron los favoritos de sus madres, tal y como decía Freud; “«Si un hombre ha recibido de niño el cariño indiscutible de su madre, mantendrá el resto de su vida un sentimiento de triunfo, la confianza en el éxito». No sé si el problema está en las madres o en los hijos, pero quizás la cuestión sea que la verdad no está dentro de nosotros mismo, y hay que defender la búsqueda de lo bello y lo feo. Vender la desconexión absoluta de la realidad como valor es un crimen.

 

 

Pedro Fuertes


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