El instante (I)

Plegaria desatendidas

El hastío hace los días indistinguibles y cada tarde parece la misma, sin embargo, los grilletes relajan su presión y dejan progresivamente libres las cansadas manos hasta que llega el viernes anunciando desahogo. El vértigo de libertad, que diría Kierkegaard, se apordera de aquellos que tienen más planes que ningún otro, también hay quien decide quedarse en cada ya sea empujado por la obligación de deber, por los tiempos que corren o por encontrarse más confortable sin que el Sol acaricie su blanquecina piel. Entre los hogareños hay una costumbre que toma fuerza y a la vez posesión de sus vidas, encender el televisor y comprobar si hay algún aditamento nuevo en su plataforma preferida o si el personaje de su serie se va a enfrentar con vicisitudes en los últimos minutos de un capítulo de una hora de duración. Si nos ceñimos al caso de Filmin como plataforma, asumamos, en primer lugar, que el interesado en disfrutar de una película es un feligrés de filmoteca, un sospechoso habitual, poseedor de un ¿Qué es el cine? con un marcador en la página treinta y cuatro desde hace un año. Entre su colección se hallan diversas obras de sus artistas favoritos, desde Xavier Dolan hasta Roy Andersson, pasando por películas tan vertiginosas y excitantes como El arca rusa, Dogville o, por qué no, El laberinto del fauno. La falta de sutileza o sensibilidad son las principales herramientas de su cine favorito, consumido con una especie de paroxismo del dolor, inconsciente por supuesto, pero inducido por si mismo, como el gato que se rasca violentamente la cabeza aún  cuando sabe que se está provocando heridas. En definitiva, estos seres emplean sus tardes pasando el dedo por el tabulador para comprobar si la película de Albert Serra se acerca por fin a la media hora de reproducción

Ante esta panorama desolador por el que nos movemos, caminando por un mar de niebla (aunque el protagonista de este cuadro sea posiblemente un romántico insoportable cuya mejor decisión  podría ser la de arrojarse por el precipicio) solo queda mirar atrás, ver que ha ocurrido. Ofrezco uno de los muchos condicionantes de esta situación; la desaparición de los géneros cinematográficos.

En la época del Hollywood clásico, no me voy a detener en consideraciones ya de sobra conocidas, allá por los treinta, cuarenta o cincuenta, vistos cada día (y con razón) con más nostalgia, había un sistema establecido que delimitaba perfectamente tanto la organización dde los estudios como lo que un espectador acudía a ver cada que iba al cine, dándole dentro de las posibilidades un amplio abanico donde había western, noir, musicales melodramas o como eran conocidas; 2de vaqueros», «de policías» o directamente por el nombre del artista que trabajase en la película, que inmediatamente identificaba un género para el espectador, John Wayne, Fred Astaire, Bogart y Bacalle etc. Este funcionamiento permitía a los directores desempeñarse en todo tipo de películas, ya que todas eran asignadas por los estudios y las necesidades les obligaban a cambiar de historia, género, actores etc continuamente. De esta forma manejaban una multitud de códigos de lenguaje, claves esenciales que marcan el tempo y el carácter de una película o una forma diferente de encarar el trabajo con el actor. William Wyler podía hacer un western o una comedia ligera el mismo año para empezar el siguiente afrontando un melodrama con ecos góticos. Polivalencia y sobre todo oficio, dotaba a estos directores de un sobrado manejo de justamente, la sutileza, ironía, sensibilidad, en definitiva, todas las debilidades acusadas por los posmodernos, tanto directores como espectadores. 

Sin entrar en otras consideraciones y dejando la veda abierta para hablar de la minusvaloración de los clásicos en un futuro, toca volver a los géneros, condicionados además por la censura existente en la época, el código Heyss, obligando a reducir las consideraciones sociales, políticas etc. Aún así, todo el mundo externo e interno de cada director se filtra a través de la película, edificada como un perfecto suelo. Sólido, firme, funcional pero que permite que entre sus tablillas se filtre ese contenido social o político que azotara el panorama estadounidense (en obras como Juan Nadie o Caballero sin espada); o bien que las preocupaciones e idiosincrasia de la personalidad del director, como refleja el cine negro de Joseph Losey o Jules Dassin penetren con fuerza en la película. Además de lo dicho, estas películas cumplían la función de entretener, pero haciéndolo de una forma merecedora de todos los elogios que hoy se dirigen hacia horrendas muestras de cine calificadas como mágicas, edificantes, ensoñaciones o revigorizantes, cuando un primer plano de Wyler, un horizonte de Ford, una vida que se va en Solo los ángeles tiene alas, un instante tiene más valor, más entereza y forma un todo más sólido que las cientos de películas que son incluidas en la lista de mejores filmes del año en Filmin, es recomendable poner filme y en cursiva cuando nos referimos a estas obras.

Se podría decir que esta constitución de los géneros cinematográficos puede ser comparable a la concepción de la mayéutica, interpelando al espectador de una forma indirecta para que descubra verdades sobre si mismo o el mundo que le rodea. Esta fórmula repetida por Kierkegaard en In vino veritas fue una manera de, a la vez, ironizar y homenajear el concepto. Si nos atenemos a la hipótesis mencionada podría ser el camino medio, simplificando esa forma socrática para que haga una especie de transición desde los banquetes griegos a un destartalado puesto de la caballería en una conflictiva zona de fronteras en el oeste, donde personas que sustituyen el vino de Kierkegaard por un whisky de Kentucky aluden a conceptos fundamentales de la vida sin proponérselo si quiera, lo verdaderamente sorprendente en este caso. Por supuesto que los autores de las películas eran conscientes de lo que decían, y lo que significaba cada una de las situaciones. El diálogo es acción, y una acción no deja de ser una declaración moral, social, política, religiosa, mostrando sumisión o rebeldía. Porque el diálogo es precisamente la forma de dirigirse al espectador, de apelar al público entero sin importar el género o el contenido de la película, sin que las formas se expresen como una barrera que no deje pasar al espectador. Supone una expresión, no definitiva por supuesto, pero pura del discurso cinematográfico y una vertiente a defender y reivindicar, pues qué peor forma de atajar los problemas de la sociedad, de apelar a sus individuos y no a sus intelectuales que hacer una insoportable muestra de cine social de tres horas de duración.

Como aún queda mucho por decir, más artículos por hacer, más voces que escuchar, me atengo a Billy Wilder para mirar hacia otro lado y declarar que los asuntos pendientes son otra historia y cito a Boyero para enfrentarme a todo aquel que, como sucedió (y sucede) en Cannes cuando se proyectan alguno de los atentados posmodernos que pueblan el festival, por fortuna hay más opciones, «pueda vislumbrar arte mayúsculo en el estilo como está contada revela una miopía preocupante o una forma muy rara de sentir buena conciencia.»

Pedro Fuertes

PEDRO FUERTES


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