Breve comentario sobre Jennie.

Un pintor es un solitario. Un solitario será con mucha seguridad un ser disipado, que como Bukowski se alimenta de su propia soledad. Como desvaídos, hay quien ha representado la condición monacal que supone el oficio, o simplemente la abstracción de soledad, como Degas con sus bebedores de absenta. Precisamente Fritz Lang, conocedor de los solitarios y gran representador de su condición en el noir, ofrece
en Perversidad el retrato de un hombre obsesionado con una mujer. Anclada en la realidad, la película desvincula al personaje protagonista de Edward G Robinson un ilusionista que trata de escapar constantemente de su desasosegante existencia, pintando para evadirse de su agotado matrimonio. Joan Bennet es su catalizador en esta película y en la obra hermanada “La mujer del cuadro” donde un retrato de su rostro será el desencadenante, asentando la historia en la irrealidad desde el principio. La fórmula de Jennie es similar a la de Perversidad, primero mujer y luego cuadro, aunque en este caso será la mujer quien se ancle en misterio. Dejando al cuadro como continente de las dos partes, la que todos perciben a primera vista; la belleza, y la más insoslayable, que la película por razones obvias no  se molesta en explicar. La parte inexplicable está asociada a su vez a lo visible, la belleza, que dota al cuadro de una condición de eternidad con tiempos que confluyen, una mirada del pasado como le hacen ver a Eben sus benefactores de la galería de pintura. Con este acceso de Eben al tiempo se revela como un ser inmortal, precisamente el retrato de Jennie y su condición de eternidad reside en esta llamémosla capacidad de Eben. En cuanto al tiempo se refiere, David O. Selzsnick, productor de la película pensó realizarla a lo largo de los años con diferentes actrices que encarnaran el personaje de Jennie, no sé llevó a cabo por cuestiones logísticas y presupuestarias aunque la película alcanzó los 4 millones de dólares. Afortunadamente la película se hizo como se la ve, con una única actriz y una sola mirada que recorre el tiempo y la pantalla,  dando forma a ese pensamiento que cruza la película.

La conjunción de tiempos en uno solo puede explicarse a través del conflicto del Joseph Cotten, el del artista clásico; “¿Cómo voy a destacar entre entre el resto? ¿Por qué mi voz ha de ser escuchada?”. Jennie parece la materialización de la belleza, la musa que escoge al azar a través de los tiempos, el gato de Baudelaire. Un error atribuido a la película o al menos, un elemento sobrante son las frases de pensadores alternadas con las imágenes de Nueva York que desfilan en la secuencia inicial a modo de epístolas explicativas. Quizás sea porque estas palabras buscan precisamente lo que Eben no debe hacer y a lo que de algún modo renuncia, comprender, acercar a Jennie a la realidad y al raciocinio, una visión ciertamente occidental y habitual si tenemos en cuenta que Jennie es un fantasma y la película de agún modo tiene ese componente sobrenatural. Pero Jennie no es un farsante en busca de dinero, un fenómeno físico con una sencilla explicación, una maldición o un error del hombre en su búsqueda de superar a Dios. Puede que el problema con Jennie sea la incapacidad de renunciar a la comprensión de ciertos aspectos, como el simbolismo religioso que cubre la película en su segunda mitad. José Luis Garci resumió la película cuando la presentó en ¡Qué grande es el cine! con esta frase; “Es la historia de un pintor que se enamora de un fantasma”.  Poco más se puede decir.

Pedro Fuertes


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