Sobre el tercer acto. (I)

«El día de los forajidos» (1959) dir. Andrè de Toth 

André de Toth, desconocido maestro del cine clásico, se traslada al western en varias ocasiones para mostrar una mirada poliédrica nacida en el noir. Esta película supone un rara avis dentro del género, rodada en blanco y negro, en un momento donde la norma era el color. Dentro de los Western que han perdurado con mayor fuerza a partir de la segunda mitad de los 50, solo encontramos dos grandes éxitos rodados en blanco
y negro, “Solo ante el peligro” (1955) y “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962). La ausencia de color en estas obras está más que justificada dado el tono funesto de la película de Zinemman y la melancolía que marca a la obra de Ford, aún más si entendemos la segunda como un reflejo de “La diligencia” (1939). De la misma forma, el western de De Toth adquiere una serie de componentes similares a las obras anteriores, pues muestra un enfrentamiento marcado por la injusticia y un ambiente tétrico que rodea a los personajes, aún cuando el conflicto principal no ha sido presentado.

El tercer acto de esta película supone un porvenir previamente anticipado y a su vez un sino irrevocable, al menos para los villanos que encarnan el mal de una forma más arquetípica. Una vez salen del pueblo, el espectador supone que la amenaza desaparece, las preguntas planteadas a estas alturas se centran en torno a la entelequia que supone la supervivencia de los personajes con los que han estrechado lazos. Una
vez el camino hacia la perdición ha comenzado, la única esperanza es volverse lo antes posible, pues los “héroes”, ante su incapacidad para resolver la situación, harán entrega de los villanos a las fuerzas naturales.

El problema reside en la rapidez con la que se resuelve la supervivencia de Gene, figura que precisamente reúne más motivos para salir airoso. Mientras que Blaise, complicado antihéroe, termina sobreviviendo de una forma poco creíble, pues vence al inexpugnable paisaje, que durante toda la película ha sido visto y mencionado como un elemento de peligro insuperable. Con esta resolución, el tercer acto parece estancarse en una serie de catastróficas desdichas que el espectador ya conoce, convirtiendo el conflicto final en un hastío constante por vencer a la naturaleza. Desgraciadamente, contemplar durante veinte minutos el destino ya supuesto, no es una notable estrategia de guión, por mucha fuerza que resida en las imágenes.

 Pedro Fuertes


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