Sobre el género deportivo

Parece que, al menos hasta el día de hoy, el deporte y el cine son dos piezas de un puzle que no han terminado de encajar, al menos tan bien como parece que debería. Propongo como reflexión, solución o mismamente una provocación, unas claves para la elaboración de un género “deportivo”.

Todo se va a construir bajo la idea que los ‘cowboys’ de la actualidad, son los deportistas. Por ende una de las claves del género va a ser el western. Es más lo propongo como sucesión natural, porque seamos realistas el western como género ha muerto, no quita que se sigan haciendo grandes westerns pero ya van ha quedar casi anclados a una nostalgia escapista o a un mundo casi de sueño.

El otro género que es necesario es el épico. Está claro que lo épico va a derivar al melodrama, pero seamos realistas el deporte es melodrama. El otro día en uno de los directos de su Señorísimo Miguel Juan Payán, preguntaban si había una buena película de fútbol. La respuesta…Sí, muy a medias. Hay biopics, de entrenadores, películas que viven del ambiente o ensayos de la táctica, pero que siendo realistas no rascan ni de cerca la posible épica de un partido de fútbol. Incluso John Huston fracasa en eso. Igual tenemos aquí un elemento de los americanos retratando cosas que no conocen, y que pocas veces ha salido bien. Puede ser. Mismamente, el final de Sicario en ese partido de fútbol…Que es Villeneuve, pero es para decirle un par de cosas, y sino vamos de autores, se lo podemos decir al dire de foto, al montador, al productor y a todo ser con ojos -no hacen faltan patas- que permitieran semejante atrocidad. Pero bueno Sicario poco tiene de deporte, así que tampoco es para ponerse franceses y exquisitos.

Volviendo, propongo que las historias sigan la misma línea argumental que el western -sin explorar el crepuscular, antes del crepúsculo hay que dejar salir el sol-, preparándose para un duelo final que va a significar la gran victoria. En la que el héroe tiene que ganar, igual no la batalla pero sí la guerra. Rocky v Apollo.

Aquí surge el momento clave, que más que el duelo en sí, es el momento de antes. Salir del pasillo nervioso. La noche de antes mirando al reloj sin dormir. Aquí es donde se crea toda la tensión. El ejemplo perfecto: Rocky. Vuelve a serlo. Rocky visita el ring vacío antes del combate. Un momento a parte de particularmente efectivo narrativamente, es profundamente poético. El héroe tiene que ser un nadie, porque va a cargar con el peso de todos. Al menos es una gran opción narrativa. Y luego antes del combate, Rocky rezando en el vestuario.

El comienzo del combate va a ser un primer momento de caos, realmente para tanto héroe para villano. Desde la perspectiva del héroe, vamos a vernos en peor situación que el otro, que el contrincante siempre va estar en una figura del ‘otro’ -de doble-, y su estado va a ser un enigma. Jugar con el enigma va a ser una de las claves. El silencio de Apollo y la mirada en la esquina dice todo. Una cosa está clara, el duelo no debe ser fácil ni para uno ni para otro. A partir de ese caos, va a ser el momento realmente complicado de sobrellevar. Tanto en montaje como en dirección, para no perder y aburrir al espectador. Ese puede ser el caso de como Manos de Piedra, que puede menear la cámara todo lo que quiera que no está contando nada. Aquí es muy interesante, en especial con casos como el fútbol, jugar con la clave del público.

El público va a ser melodramático, por eso tampoco hay que abusar de ello, y ha de ser la expansión emocional de la batalla. Aquí encontramos otra película, que como mínimo, voy a llamar loco, y es Rollerball. El uso del público es absolutamente funcional y realmente es lo que te construye la épica del final de la película. Es verdad que ese público cuesta un dinero. En Rocky, funciona también, si que es verdad que como en muchas otras cosas, no progresa desde la primera. Los que aguantaban corear a Rocky, acaban haciéndolo.

Es por eso que los deportes que mejor funcionan en la gran pantalla son aquellos en los que el público juega un rol menor: el boxeo, el tenis, los coches, incluso hasta el baloncesto. Pero incluso en el tenis o en los coches, parece faltar ese público. Luego tenemos deportes como el fútbol o el ciclismo, que como vemos en estas fechas, valen muy poco.

Tenemos el momento de pausa, de las miradas. El parón de la esquina, cuando se vigilan dos ciclistas después de un ataque. Y después antes de que recuperen la respiración, vuelve todo, además a mayor intensidad. El público grita. El periodista grita más. El héroe pelea por el oxígeno. 

Tenemos el clímax, el héroe lo consigue, exhausto, no puede más. En la resolución es dónde se va a especificar el theme de la película. Rocky gana, y solo le interesa una cosa. Le da igual el resultado. Grita por Adrian, dando la espalda al resultado. Él ya ha ganado. 

En términos de personajes, vamos a tener elementos muy similares al western – esa pugna entre el hombre y la naturaleza. Rocky gana a Apollo porque Rocky entrena con las gallinas y Apollo con los periodistas. Rocky gana a Drago porque entrena en la nieve con troncos, mientras Drago entrena en el laboratorio. O mismamente el personaje de James Caan en Rollerball, mostrando esa victoria del individualismo frente al colectivo con la figura del deportista ‘natural’.

Y es que siendo realistas, hasta que nos laven el cerebro, seguiremos empatizando con el individuo y no con el colectivo. Y aquí es donde volvemos al tema del retrato del fútbol. El fútbol no se debería retratar por un delantero, ni por un centrocampista.  El partido se debería de ver por la silueta del portero, que es el que cubre la portería. El resto como proposición indecente, debería ser algo así como el final de Grupo Salvaje, una orgía melodramática de montaje. “Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar.”

 Pedro Nicanor


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